En todas partes puede encontrarse una granja-albergue –o simplemente un albergue– en donde poder degustar productos caseros y recetas auténticas que celebran ese reencuentro con la bonita y sabrosa cocina de antaño, cuyos platos rústicos se han convertido ahora en refinados manjares.
Vaya a donde vaya siempre encontrará los mismos ingredientes básicos: la patata, el queso y la charcutería, pero en versiones específicas en función de los macizos: truffade y Alligot de Auvernia, Baeckeoffe y Siesskass del bosque de los Vosgos, salchichas ahumadas de Morteau, Croûte aux morilles con una fina loncha de Morbier, en homenaje al Jura.
En los Pirineos la cocina de montaña adquiere matices claramente gascones como la Garbure y el Rocher des Pyrénées...
Córcega aporta a sus platos un indiscutible toque mediterráneo con charcutería de excelente calidad y frutas de otras latitudes…
Por último, los Alpes nos ofrecen quesos sin parangón como el Beaufort, el Abondance y el Reblochon que aderezan también los platos consistentes como la fondue, la tartiflette y la raclette.
Y aunque las vacas que pacen en los pastos alpinos opinan todas que la felicidad se encuentra en el prado, reconozcamos que una sutil relación causa-efecto traslada esta afirmación al plato, para mayor placer de nuestro paladar. ¿Se va a quedar sin probarlo?