Es una ciudad extraordinariamente compacta, fácil de recorrer a pie o por medio del transporte público. Un itinerario recomendable para los que gustan del arte es recorrer los principales museos y galerías menos conocidas.
El Museo de Bellas Artes alberga una de las colecciones más grandes del país, desde arte egipcio y asiático, hasta obras europeas y fotografía moderna. Los viernes, el ala oeste del museo permanece abierta hasta tarde donde es posible tomar un trago, escuchar música y conversar. Allí llama la atención una escultura tibetana del siglo XVII, de Vajrabhairava y su consorte. Esta pieza, tallada en cobre pintado, representa una unión simbólica de la ira con la sabiduría, que se cree que destruye la inclinación al ego y lleva a la ilustración. En las salas de pintura europea de los siglos XVI y XVII -El Greco, Tintoretto, Rubens y Velásquez, entre otros-, hay escenas de la Crucifixión de Jesucristo. La diversidad de la colección de este museo es asombrosa: se atraviesa una sala con llamativas máscaras africanas destinadas a ahuyentar los desastres comunitarios y, de pronto, uno se encuentra frente a un sencillo pero luminoso lirio de agua de Georgia O´Keeffe.

Boston, por su proximidad con la historia y con grandes universidades, es una ciudad con un complejo de ocho museos que concentran la sabiduría del mundo. El museo Peabody, de ciencias naturales, parece un poco abandonado, los ojos de vidrio de animales embalsamados se hallan en el piso, ignorados porque ya no es políticamente correcto tratar así a la vida silvestre. Pero en los otros centros se encuentra desde la historia del cine hasta el tiranosaurio, y otras distracciones parecidas para niños molestos.
Lo más fascinante, de lejos, es la actividad intelectual, que atrae un gran centro de enseñanza, y la historia, esa historia que combina Europa y América. Pero hay quienes prefieren los cientos de pubs irlandeses, el deporte o la música (esta es la cuna de la Boston Pops), hay para todos los gustos, y más barato que en New York.